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Ciudad de Oaxaca

El estado de Oaxaca – apunta el escritor Fernando Solana Olivares – “puede reproducirse en una hoja de papel. Primero hay que arrugarla en el puño y después extenderla para que las cicatrices sean una metáfora de su orografía atormentada”; sus montañas guardan el origen de nuestro corazón de piedra labrada siempre abierto, ofrendándose a sus viajeros: La Ciudad de Oaxaca.

Es por eso que Oaxaca, la de los días soleados, la que brilla en la policromía de sus trajes, su música y sus mercados, la que inunda las miradas con la belleza de sus agrestes paisajes, artesanías y obras de arte, es un punto obligado para aquel que se jacte de admirar la belleza, que se ufane de su búsqueda de la tranquilidad y sucumbe entre las usanzas, costumbres y tradiciones de un pasado que aunque remoto, se muestra vivo en el orgulloso transcurrir de sus días.

Así es Oaxaca, la ciudad virreinal de prosapia indígena y serena belleza, la que por las tardes refresca su clima para acompañar a quien recorre sus plazas, iglesias, mercados, calles y callejuelas, mientras se permite mostrar, orgullosa y en ocasiones petulante, su arquitectónico rostro de cantera verde un instante, y después, arrebolado por la desfachatez de edificios de colores radiantes.

Si se tiene suerte y Oaxaca a manera de complot trata con las nubes, se podrá observar el esplendor que luce la filigrana de sus edificios cuando son mojados por la lluvia.

Noches diáfanas, adornadas con la luz tenue de sus faroles, abrigan con amoroso sigilo al paseante, invitándolo, a dirigir sus pasos hacia el Zócalo, para integrarse a su encanto pueblerino y disfrutar de una agradable cena, una copa o un café en los portales, mientras su mirada pasea desde la imponente catedral, hacia el fluir y discurrir de los paseantes o hacia la arbolada que pareciera danzar, tímidamente, al son de un mariachi remoto, una marimba isteña; porque con la música latinoamericana que surge de uno de sus más conocidos restaurantes.

Cuando la noche borda en estrellas la totalidad de su cielo, solo falta cruzar el umbral del pequeño y noble edificio de esta Casa Cid de León, donde confort, calidez, espacio y armonía, dejan de ser simples palabras, se convierten en vivencias a las que el cansado viajero, se abandona para disfrutar de la serenidad y el encanto que emanan de esta exquisita casa oaxaqueña, invadido por una paz única, indescriptible.

Desde ese momento Oaxaca y Casas Cid de León, se amalgaman en su mente, porque no son un lugar, son un concepto, son un estilo… Son el reflejo de su propio espíritu.